Recuerdo que cuando aún estaba en la carrera empezaba a llegar a nuestras vidas la crisis económica de corte inmobiliario de Estados Unidos. No hacía falta ser un genio para darse cuenta de que antes o después, por el efecto mariposa de la globalización, nos iba a tocar comérnoslo con patatas mojando con pan.
El tema, cuando eres consciente del tipo de estudios que estás cursando, se volvió casi obsesivo para unos cuantos de nosotros. Si nuestras oportunidades laborales estaban ya bastante reducidas, el mazazo que nos esperaba iba a ser demoledor. Por supuesto, al terminar la carrera, cada uno de nosotros siguió un camino distinto dentro de otros ámbitos (porque la Filosofía por sí misma no da mucho beneficio económico, por no decir ninguno). Y entonces llegó. Llegó el momento en el que la gente empezó a emigrar y a intentar buscarse las castañas fuera. De repente marcharse de España era una aventura con tintes de desventura y todos los medios apuntaron a este fenómeno como una de las mayores desgracias de nuestro país. Pero, si lo analizamos desde otra óptica ¿qué sucede con la gente que se quedó? Porque quedarnos nos quedamos unos pocos (algunos por convicción propia y otros por falta de un colchón económico inicial que es absolutamente necesario y del que poco oigo hablar en ninguna parte cuando se menta "la desgracia del emigrante joven". Sí, emigrar es un lujo.).
Pues los que nos quedamos tuvimos (y tenemos) que lidiar con muchas cosas: un mercado laboral mediocre, unas dotaciones a investigación inexistentes (lo que reducía y reduce las becas a polvo en el desierto), incremento de las tasas para poder continuar estudiando (ya que parecía que no iba a poder trabajar uno en la vida) y, lo más fundamental, la ruptura del entorno. Si emigrar no debe de ser fácil, quedarse requiere también de un ejercicio supremo de readaptación a un medio hostil en el que los apoyos del día a día se han marchado en un avión a un porrillo de kilómetros. Aquí las oportunidades eran para la jet set.
Cuento esto porque hace bastantes años, la que es mi mejor amiga, en un ejercicio de afirmación por la vida, su vida, cogió las maletas y se marchó al norte europeo. A día de hoy tiene la suerte de vivir en un país mucho más hospitalario como es Chile, pero para mí sigue estando demasiado lejos. Y aunque la relación, si es de verdad, no cambia, la distancia marca el contexto (tengo el modo "moñas" activado).
Hoy es su cumpleaños y cada año que pasa lamento no poder celebrarlo con ella. Pero así son las cosas. Para compensar la lejanía, a veces, me pongo a cocinar platos típicos de lugares en los que están las personas que me son más cercanas. Que me lo como y, será una tontería, es como si estuviera más cerca. Por eso traigo hoy esta receta. Bueno, por eso y porque está para chupar hasta el molde.
Si conocéis, o habéis comido alguna vez, el famoso Yorkshire pudding británico, el concepto de este Po'e chileno es el mismo: acompañar otros platos salados de carne, pescado o verduras dando un toque dulce. Pero para desayunar o una breve incursión a la cocina tampoco es tontería. Es una maravilla por su composición, su sabor y por su jugosidad.
Para 1 grande o 3 pequeños (sirve cualquier molde que tengáis)
200 g de harina blanca de trigo
1 cucharada de postre de levadura química
2 bananas maduras (yo le puse 3 plátanos porque me gustan mucho más, ¡ea!)
150 g de calabaza cocida al vapor (así nos evitamos el tema del agua chorreando)
2 cucharadas soperas de azúcar de abedul (o miel o el endulzante que queramos)
1 cucharada sopera de leche en polvo
20 g de mantequilla a temperatura ambiente
Azúcar glas para decorar (opcional)
Trituramos con un tenedor los plátanos/bananas y la calabaza cocida. Añadimos la mantequilla y el azúcar y mezclamos bien. Agregamos poco a poco la harina tamizada junto con la levadura y la leche en polvo. Removemos bien con una espátula hasta que tengamos una pasta homogénea. En unos 5-8 minutos tendremos una masa decente. Forramos un molde y precalentamos el horno. Vertemos la masa y horneamos 40 minutos a 180º (o hasta que pinchemos y salga limpio el palillo). Sacamos, dejamos atemperar y desmoldamos. Cuando termine de enfriar espolvoreamos el azúcar glas. ¡A comer!











