14 de octubre de 2015

Po'e de isla de Pascua. Receta chilena.




Recuerdo que cuando aún estaba en la carrera empezaba a llegar a nuestras vidas la crisis económica de corte inmobiliario de Estados Unidos. No hacía falta ser un genio para darse cuenta de que antes o después, por el efecto mariposa de la globalización, nos iba a tocar comérnoslo con patatas mojando con pan. 

El tema, cuando eres consciente del tipo de estudios que estás cursando, se volvió casi obsesivo para unos cuantos de nosotros. Si nuestras oportunidades laborales estaban ya bastante reducidas, el mazazo que nos esperaba iba a ser demoledor. Por supuesto, al terminar la carrera, cada uno de nosotros siguió un camino distinto dentro de otros ámbitos (porque la Filosofía por sí misma no da mucho beneficio económico, por no decir ninguno). Y entonces llegó. Llegó el momento en el que la gente empezó a emigrar y a intentar buscarse las castañas fuera. De repente marcharse de España era una aventura con tintes de desventura y todos los medios apuntaron a este fenómeno como una de las mayores desgracias de nuestro país. Pero, si lo analizamos desde otra óptica ¿qué sucede con la gente que se quedó? Porque quedarnos nos quedamos unos pocos (algunos por convicción propia y otros por falta de un colchón económico inicial que es absolutamente necesario y del que poco oigo hablar en ninguna parte cuando se menta "la desgracia del emigrante joven". Sí, emigrar es un lujo.).
Pues los que nos quedamos tuvimos (y tenemos) que lidiar con muchas cosas: un mercado laboral mediocre, unas dotaciones a investigación inexistentes (lo que reducía y reduce las becas a polvo en el desierto), incremento de las tasas para poder continuar estudiando (ya que parecía que no iba a poder trabajar uno en la vida) y, lo más fundamental, la ruptura del entorno. Si emigrar no debe de ser fácil, quedarse requiere también de un ejercicio supremo de readaptación a un medio hostil en el que los apoyos del día a día se han marchado en un avión a un porrillo de kilómetros. Aquí las oportunidades eran para la jet set.
Cuento esto porque hace bastantes años, la que es mi mejor amiga, en un ejercicio de afirmación por la vida, su vida, cogió las maletas y se marchó al norte europeo. A día de hoy tiene la suerte de vivir en un país mucho más hospitalario como es Chile, pero para mí sigue estando demasiado lejos. Y aunque la relación, si es de verdad, no cambia, la distancia marca el contexto (tengo el modo "moñas" activado).
Hoy es su cumpleaños y cada año que pasa lamento no poder celebrarlo con ella. Pero así son las cosas. Para compensar la lejanía, a veces, me pongo a cocinar platos típicos de lugares en los que están las personas que me son más cercanas. Que me lo como y, será una tontería, es como si estuviera más cerca. Por eso traigo hoy esta receta. Bueno, por eso y porque está para chupar hasta el molde.

Si conocéis, o habéis comido alguna vez, el famoso Yorkshire pudding británico, el concepto de este Po'e chileno es el mismo: acompañar otros platos salados de carne, pescado o verduras dando un toque dulce. Pero para desayunar o una breve incursión a la cocina tampoco es tontería. Es una maravilla por su composición, su sabor y por su jugosidad. 




Para 1 grande o 3 pequeños (sirve cualquier molde que tengáis)

200 g de harina blanca de trigo
1 cucharada de postre de levadura química
2 bananas maduras (yo le puse 3 plátanos porque me gustan mucho más, ¡ea!)
150 g de calabaza cocida al vapor (así nos evitamos el tema del agua chorreando)
2 cucharadas soperas de azúcar de abedul (o miel o el endulzante que queramos)
1 cucharada sopera de leche en polvo
20 g de mantequilla a temperatura ambiente
Azúcar glas para decorar (opcional)

Trituramos con un tenedor los plátanos/bananas y la calabaza cocida. Añadimos la mantequilla y el azúcar y mezclamos bien. Agregamos poco a poco la harina tamizada junto con la levadura y la leche en polvo. Removemos bien con una espátula hasta que tengamos una pasta homogénea. En unos 5-8 minutos tendremos una masa decente. Forramos un molde y precalentamos el horno. Vertemos la masa y horneamos 40 minutos a 180º (o hasta que pinchemos y salga limpio el palillo). Sacamos, dejamos atemperar y desmoldamos. Cuando termine de enfriar espolvoreamos el azúcar glas. ¡A comer!




12 de octubre de 2015

Piruletas de hojaldre con chocolate y Concha Cabello de ángel




El que no tenga un amigo informático que levante la mano. Todo el mundo tiene uno y, si no, se lo busca (por la cuenta que le trae y con todo el pesar del informático). 
Yo siempre he estado rodeada de gente y amigos que han tenido y tienen mucho que ver con la materia en cuestión (así que eso que me he ahorrado). Tampoco es nada del otro mundo corriendo los tiempos que corren. Pero, sinceramente, nunca me había dado yo un chapuzón hasta el fondo en el asunto. 
Además de todo lo que estoy aprendido en relación al temario, que me cae la información como los tomates de un camión a la cabeza, estoy aprendiendo otras cosas mucho más útiles. En el fondo no es nada que no se sepa ya a nivel de estereotipos pero, de verdad, siendo yo una persona que valora ese tipo de percepciones sociales como la forma más errónea de comprensión idiosincrásica podéis entender que estoy inmersa en un proceso de alucinación constante con la confirmación de casi todo lo que cualquier persona puede afirmar acerca de un informático (y que yo poco o nada había visto en mis amigos del gremio).
Para empezar, llevamos dos semanas de curso (cinco horas diarias) y nadie sabe el nombre de nadie. Nadie. Bueno, el mío sí porque soy la única del género y al pasar la lista de firmas es obvio que tengo que ser yo. Y lo peor de todo, a todo el mundo le da exactamente lo mismo. Yo he intentado, con sutileza, en alguno de los descansos, que la gente se presentara y lo único que conseguí fue que una bola gigante del desierto pasara a nuestro lado (y creo que se llevó a más de uno rodando).
Tampoco nadie hace el intento de hablar de otras cosas diferentes al maravilloso y fascinante mundo de las redes informáticas. Yo saco temas pero es inútil, la burra vuelve al trigo. Alguna vez he conseguido tener otro tipo de conversaciones, cortas pero existentes, y desde aquí agradezco infinitamente a esas personas que son capaces de desarrollar algún tipo de habilidad social comunicativa y contarme que algún compañero de piso metía palomas muertas en la nevera. De verdad, gracias, porque esas risas no me las quita nadie (aunque no sepa ni cómo se llama el tipo).

Esto no me pasa en el resto de entornos. Concretamente, desde que empecé con el blog, me he encontrado (o me han encontrado) gente con la que paso más tiempo que con mi familia. Así de llanamente, que para qué andar con remilgos. Una de estas personas es Concha de De buena mesa, que tendría renombrar su blog y llamarlo "De buena gente que soy cocino que da gusto". Que si la tuviera aquí al lado, con el carrete que nos damos, terminábamos con la existencia del café. 
Pues a mi querida amiga Concha, que parece mentira que nos conozcamos de tan poco tiempo, le copio y le dedico sus/mis entradas de hoy. 

Cuando vi en su blog (allá por el jurásico) la idea de hacer unas piruletas con obleas de empanadilla y unos hojaldres rellenos en la misma entrada pensé: ¿y si hago un remix y me marco unas piruletas de hojaldre? Es algo sencillo, fácil, agradecido y muy socorrido para acontecimientos un poco especiales (que yo no me pongo a decorar comida así porque sí, soy más de comérmela). Recomendado sí o sí.




~ Te copio y te lo cuento porque no tengo vergüenza ~
Episodio III



1 lámina de hojaldre
pepitas de chocolate al gusto semiderretidas
unos 80 g de cabello de ángel
huevo para pintar
palitos de brocheta (que yo corté a la mitad porque eran muy largos)

Opcional:
lápices para decorar
almendras laminadas
azúcar glas




Estiramos las láminas de hojaldre y cortamos con los cortapastas que queramos a pares. Extendemos el relleno, colocamos un palito en el medio y la tapamos. Presionamos ligeramente los bordes. Pintamos con huevo. Introducimos en el horno según instrucciones de fabricante. Pero suelen ser unos 15-10 minutos a 150º-180º. Sacamos, dejamos enfriar. Decoramos al gusto. ¡A comer!


Calabacín en su jugo con tomate



De las infinitas cosas maravillosas que tiene el blog De buena mesa hay una que, desde el principio, me llegó a lo más profundo del alma. Y no es, ni más ni menos, que su sección de calabacín y berenjena. Jamás había visto, en mis largos paseos por la blogosfera, que nadie le dedicara un espacio concreto a estos dos vegetales. A mí me apasionan y cuando vi aquello supe que cosas buenas pasaban en su cocina ( y ya me saqué el confeti, los gorritos y los matasuegras porque sabía que esas cosas iban a pasar también en mi cocina).

Tengo que decir que he hecho muchos de los platos que en esa sección aparecen pero éste es especial. Y es especial porque lo he hecho tantas veces, pero tantas, que merece un homenaje particular. No es un plato de fiesta, no es un plato con ingredientes raros o imposibles pero sí es un plato para el día a día. Una de esas elaboraciones que hacemos en un momento y que disfrutamos como si fuera una langosta un martes cualquiera. Y es que hay que tener recursos para todo momento y de eso Concha va sobrada. Yo me copio, que es más fácil y el resultado siempre es muy bueno.


~ Te copio y te lo cuento porque no tengo vergüenza ~
Episodio IV


Para dos raciones

1 calabacín hermoso
2 tomates maduros
1/2 cebolla
1 pimiento rojo italiano
AOVE
Sal y albahaca

Picamos la cebolla y el pimiento. Cortamos en dados el calabacín (yo le dejo la piel pero podéis quitársela) y rallamos el tomate. Echamos el aceite y sofreímos la cebolla hasta que esté dorada. Añadimos entonces el pimiento y salteamos. Agregamos el tomate y sazonamos. Por último echamos el calabacín y la albahaca. Cocinamos a fuego lento unos 10 minutos. Subimos el fuego al final para reducir. Servimos y ¡que aproveche!



2 de octubre de 2015

Masa Real



Soy un poco maniquea. Así que, desde mi cuadrícula mental en blanco y negro afirmo: Sólo hay una cosa mejor que irse uno de vacaciones. Que se vaya otro y te traiga algo.
No me refiero a las (condenadas) camisetas de: "Alguien que te quiere regulero estuvo en Villa Orejilla del Sordete con Doña Rogelia y te trajo esta camiseta para que la conviertas en trapos y limpies los cristales". No. Me refiero a esas pequeñas grandes cosas con las que le obsequian a uno sabiendo que será todo un acierto.

Los padres del Notario, como media España, se fueron a disfrutar del periodo estival a Cádiz y, a su vuelta, fui yo la que gozó de sus vacaciones como si hubiera estado allí. Gracias a la recomendación de su tía tuvieron a bien pasar por La Rondeña, todo un clásico, y sin mucho pensarlo hicieron acopio de muchas de las exquisitices que comercializan.
El caso es que yo me encontré con un menú gourmet degustación que, en cuanto lo vi encima de mi mesa, supe que tenía que probar instantáneamente. Sí, los dulces de manteca sobrepasan mi voluntad. Así que ahí estaba, a finales de agosto empezando la dieta del polvorón.
Tengo que decir que de todas las variantes posibles mis dulces favoritos siempre serán los cortadillos de cabello de ángel. Es irremediable. Pero algo que también me gusta (además de meter la cuchara en el bote de cabello de ángel) son los dulces de Masa Real. En La Rondeña son marca de la casa. Es más, tienen una patente de elaboración misteriosa (que algún día se liberará y espero llegar a verlo). Así que no es tontería decir que, de todas las variantes de Masa Real que he probado, la mejor, sin duda, es la de La Rondeña. Pero claro, aquello se terminó (ni fotos, ni nada, me dio tiempo a hacer) y tuve al Notario una semana suspirando por aquellos bollos y sopesando seriamente hacer un pedido online de dos toneladas de Masa Real (¡qué vida más dura!).

Por otra parte tengo una pareja de amigos que van a pasar su tiempo de descanso a un pueblo minúsculo de Burgos, concretamente Basconcillos. Sí, no andáis desencaminados si pensáis que allí también tienen una panadería-pastelería que le quita a uno toda la tontería de encima. Creo que los mantecados que trajeron me duraron menos que a Mike Tyson la oreja de Evander Holyfield. Impresionantes. Todavía no comprendo mucho la novedosa afición-obsesión española por la gama de productos resposteros britamericanos que desprecia todo lo valiosamente tradicional que podemos disfrutar por nuestro territorio. A mí me pones un muffin y un torto de manteca y ahí te gestiones el muffin porque el torto ya lo has visto. También digo que si no hay torto me como el muffin de muy buen grado. Que yo no desprecio ninguna tradición.

El caso es que además de aquellos mantecados me trajeron tres kilos de harina (¡infinitas gracias!). Una harina que en cuanto abrí la primera bolsa supe que no iba a caer en saco roto (más allá de mi estómago que a veces sí que lo parece).


Teniendo una harina de calidad en la depensa y al Notario sufriendo por las esquinas la ausencia de Masas Reales me dije: "Es tu momento de actuar". Busqué recetas de Masa Real y, como muchas veces cuando se trata de tradición andaluza, acabé por darle la mano a De la vista al paladar. El resultado (con alguna variación de la original), visto y no visto. Creo que en dos semanas hice tres remesas. Obviamente (con todo mi dolor del mundo), no son como las de La Rondeña pero yo sigo testando pruebas con más manteca, sin mantequilla, menos huevo...¿acabaré por descubrir la receta o sólo con veinte kilos más? En próximos capítulos de La dieta del polvorón lo veremos. De momento comparto ésta porque es un acierto seguro.


Para 10 unidades

Para la masa

500 g de harina
75 g de manteca de cerdo ibérico
75 g de mantequilla de calidad
150 g de azúcar glas
3 yemas de huevo M
1 huevo M
1/2 sobre de levadura química
1 cucharada de postre de azúcar vainillado
la ralladura de medio limón



Para el relleno:

1/2 bote de cabello de ángel
1/2 cucharada de café de canela en polvo
1/2 cucharada de café de ralladura de limón

Para decorar:

Huevo batido para pintar
Azúcar glas (las de La Rondeña vienen generosamente espolvoreadas)



(Aquí podéis ver mis pezuños y lo bien que muerdo. Bueno, y el bollo por dentro también.)

Lo más importante de la receta es tener todos los ingredientes a temperatura ambiente porque el resultado será siempre mejor.
Empezamos haciendo el relleno. Echamos el cabello de ángel junto con la canela y la ralladura de limón en un cazo. Calentamos y removemos constantemente durante 8-10 minutos. Apagamos y dejamos atemperar. Ya tendremos un relleno digno de cualquier marajá (o cuchara).
Para hacer la masa echamos todos los ingredientes en la amasadora (a mano también se puede pero es menos cómodo). Dejamos funcionando hasta que tengamos una masa homogénea. Sacamos y amasamos de nuevo unos 3 minutos más. Damos forma de bola, forramos con film y lo metemos a la nevera unos 10-15 minutos. Esta masa se deshace un poco por eso si está ligeramente fría es más fácil de trabajar. Sacamos y con un rodillo aplanamos hasta tener medio centímentro de grosor. Con un molde cortamos tantos círculos como la masa nos permita. Que sean pares para que cada oveja esté con su pareja. Ponemos una cucharada de cabello de ángel sobre la mitad de los círculos y con otro tapamos presionando sobre los bordes. Así hasta que terminemos de montar las tortas. 
Pintamos con el huevo batido e introducimos al horno precalentado unos 20 minutos a 180º (vigilad tiempos, por si acaso). Sacamos y dejamos enfriar. Si queremos podemos espolvorear azúcar glas. ¡A disfrutar!




Yogur de piña en su jugo



Desde pequeña, la piña siempre ha sido la invitada de honor en los festejos navideños: cortada en rodajas y con azúcar. Fin de la elaboración. Poca piña más se comía el resto del año. Y el caso es que nunca fue santo de mi devoción. Recuerdo que en los veranos de mi infancia en Galicia su versión en almíbar (junto con el melocotón) eran la posibilidad de un postre refrescante. Digo posibilidad pero era más bien objeto de disputa:

"- Mi abuelo: ¿Abrimos un bote de piña/melocotón?
- Comensal X: Si hay fruta fresca y yogures.
- Mi bisabuela: ¡Abre un bote, hombre!¡No preguntes que entonces no se come!"

Inmediatamente un bote se abría y todos torcíamos el morro y decíamos entre dientes: "Si es que no me apetece". Y así se mantiene la tradición verano tras verano. Que dan ganas de esconder los botes dentro de la barrica de 500 litros de la bodega. Pero ese tipo de cosas le hacen a uno sentirse en casa.

Por todo esto tardé bastante tiempo en ir yo a comprar piña enlatada. Pero lo hice porque, de repente, la piña me encanta. Y en un arrebato de limpieza de la despensa pensé en hacer unos yogures con ella. El resultado, como en todos los yogures que son de lo mas agradecido, rico, rico y ¡a la nevera!



Para 7 yogures

1 litro de leche desnatada
1 yogur natural desnatado
2 ó 3 cucharadas soperas de leche en polvo
120 g de piña en su jugo
50 g de azúcar o equivalente en edulcorante (me gustan más sin azúcar)

Ponemos todos los ingredientes en el vaso de la batidora y mezclamos. Vertemos en los vasos de la yogurtera y dejamos 10 horas. Retiramos a la nevera al menos 4 horas antes de consumir. ¡A disfrutarlos!

24 de septiembre de 2015

Ensalada de espinacas, higos y bolitas de queso fresco batido con vinagre de cerezas



Hoy vengo de plagio. Digooooo... de homenaje. Porque sí, porque el entorno bloguero sólo le da a una alegrías. Alegría de conocer gente maja que comparte su tiempo, el sentido del humor y otras muchas cosas conmigo. Estando el mundo tan revuelto parece mentira que ni unas carcajadas plenas se pueda echar una. Siempre pensando si lo que se dice ofenderá a alguien, si será o no apropiado a la circunstancia o si el disfraz de fresa que te compraste el año pasado para Carnaval será el atuendo adecuado para pasar la frontera con Francia.
Así que, por todo esto y más, he decidido que voy a poner en marcha la sección: Te copio y te lo cuento porque no tengo vergüenza. Y es que tengo el borrador con un puñado de recetas que he ido probando de blogs ajenos-amigos que creo que merece la pena compartir ensalzando, además, al propio autor de la misma. Hay que aprovechar que de momento no existe una SGAE bloguera culinaria y decir a los cuatro vientos que sí, fui yo la que intentó imitar subrepticiamente tu receta.

~ Te copio y te lo cuento porque no tengo vergüenza ~
Episodio I


Hoy en la sección que comienza tengo el horno y el honor de presentaros mi copia chusca de las Bolitas de queso en aceite y especias de El cuaderno de Recetas. Nuria, a la que casi todos conocemos porque es una artistaza de revista, se marca unos platos que es verlos y saltar de la silla a la cocina. Originales, fáciles y que pintan mejor que Van Gogh.
Mi versión de las bolitas de queso se enmarca en la categoría aristotélica de "paso de hacer el queso". Cuando me fui corriendo a la cocina a preparar las albondiguillas no tenía kéfir. Pero ahora que, gracias a ella (todo hay que decirlo. ¡Gracias infinitas!), empiezo a cultivar mis propios condumios kefirados tendré que hacer la versión original. Entre tanto admito que las bolitas preparadas con la alternativa de queso fresco batido fueron más que satisfactorias y acompañaron a las espinacas y a los benditos higos con una dignidad que ni Carmina Ordóñez lavándose los pies con Coca Cola en el Rocío (esa imagen me marcó de por vida). El vinagre de cerezas también es como un (T)Rolex de mantero, copia descarada de otra delicia que añado en otra entrada. Os dejo por aquí el enredo.

Para dos raciones:

200 g de espinacas
8 higos cortados a la mitad
8 bolitas de queso
un chorrito de vinagre de cerezas
sal y aceite al gusto
cardamomo molido (opcional)

Lo único que tiene misterio son las bolitas de queso.

Para 8 bolitas de queso

Un tarro grande de queso fresco batido (de unos 400 g, depende de la marca que compremos)
Semillas de Amapola
Aceite de Oliva Virgen Extra.


En un colador de tela con un recipiente debajo (para que recoja el suero) ponemos a escurrir el queso fresco batido en la nevera. Yo lo dejé un día y medio para que quedara más prieto. Una vez tenga textura dura cogemos porciones del queso y damos forma de bola. Pasamos por las semillas de amapola. 
Preparamos un tarro de cristal (esterilizado) en el que echaremos aceite de oliva. Introducimos las bolitas de queso, cerramos el bote y lo dejamos una semana. Pasado el tiempo sacamos las bolitas (yo las puse en papel de cocina para que escurrieran) y volvemos a rebozar por las semillas de amapola. 
Ya podemos colocar todos los ingredientes. ¡A disfrutar!



Vinagre de cerezas


(Aviso a navegantes: Si vas a leer las dos recetas de hoy te recomiendo que empieces por la Ensalada de espinacas, higos y bolitas de queso fresco batido con vinagre de cerezas. Así todo tendrá un poco más de sentido. Si por el contrario la ensalada te da lo mismo y lo que quieres es vinagrear, ¡bienvenido seas!).

 ~ Te copio y te lo cuento porque no tengo vergüenza ~
Episodio II


En esta nueva entrega de la sección (en la que no me lo curro mucho pensando) os traigo algo que es fundamental en mi vida: el vinagre. Los colecciono como sellos. Me encantan todos. Debo tener unas 8 ó 10 botellas con disintos tipos en la alacena esperando a aderezar el plato adecuado. Aunque admito que el vinagre balsámico y yo no somos muy amigos. Eso sí, me encantaría poder probar el vinagre original de Módena (no la versión estafa vinagre+caramelo que se vende hasta en la ferretería). Pero al precio que está, porque su elaboración es un proceso absolutamente artesanal con más de una década de fermentación, comprarlo no es que sea prohibitivo, es que es una ensoñación cartesiana. Así que mi gozo en un pozo y a otros menesteres.
En cuanto vi el Vinagre de cerezas de El cuaderno de Recetas supe que eso lo tenía que probar. Me saltó el resorte y a ello que me puse. Tengo que decir que me volví un poco loca y me puse a macerar vinagre como si no hubiera un mañana. La parte buena es he podido compartirlo con amigos (del club de fans del vinagre) y todos tenemos la misma opinión: es una maravilla de los dioses.
En la foto no se ve ninguna cereza porque, en cuanto las saqué, ¿qué hice con ellas? Comérmelas. Sin pensármelo ni medio minuto fueron el pincho de media mañana del fin de semana ensartadas en un palillo con cubitos de queso. ¡Aquí no se tira nada! Os dejo con mi versión.



1 litro de vinagre de vino blanco
300 g de cerezas
un puñado de granos de pimienta

Lavamos las cerezas, las cortamos por la mitad y retiramos los huesos. Introducimos en un tarro el vinagre, las cerezas y la pimienta. Dejamos macerar al menos tres semanas. Pasado el tiempo retiramos la fruta (que estará de un simpático color blanco) y lo vertemos en el recipiente en el que queramos mantenerlo. Echárselo a todo lo que podamos y ¡a disfrutar!
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